¡Oh Dior mío!

Dicen que la infancia es uno de los mejores momentos de nuestra vida. Es la época de los sueños, del juego y de la diversión. Pero todos, tarde o temprano, terminamos creciendo y el eterno Peter Pan tiene que acostumbrarse a una vida de adultos, un poco más seria. Sin embargo, ciertos anhelos que forjamos en la tierra de la inocencia nos persiguen, nos perturban y nos hacen pensar que, quizá, podríamos hacerlos realidad en algún momento de nuestra existencia.

Con apenas cinco años, tuve muy claro que quería dedicarme al mundo de la moda: la elegancia y la expresión artística que se desprendían de esa activad me atraparon fuertemente. Luego, llegó la adolescencia y, con ella, ciertas prácticas que ya se han convertido en tradición, desde la compra mensual de la revista Vogue hasta las noches en vela para ver los desfiles de la Semana de la Moda de Nueva York o el ahorro intensivo de las pagas que me dan mis padres para comprar los zapatos o el bolso que tanto quiero.

Conseguí mi primer artículo de Dior cuando tenía quince años. Era Navidad y me sentí la persona más feliz del mundo al abrir aquella cajita blanca con las letras platas que formaban la palabra Dior en la tapa. En su interior, me esperaba una cartera negra hecha con piel de becerro. En aquel instante, no pensé que habían tenido que matar a un animal para que aquella billetera llegara a mis manos. No me hubiese importado en absoluto. Estaba eufórico y sé que cualquier persona que aprecia la moda se habría comportado de forma similar.

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Cuatro años después, continúo aumentado mi colección de artículos de lujo: bolsos de Michael Kors, una cartera de Burberry, cinturones de cuero…Obviamente, algo sigue manteniéndose igual: la piel de animal constituye el material principal de todos estos complementos. Además, y como sucedió en aquellas navidades, he decidido ignorar, de forma voluntaria, todas esas masacres que se realizan en nombre de la moda. Sin embargo, puede que algo haya cambiado.

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 Adquirí uno de los artículos que más he admirado en mi vida hace dos años. Se trata del Chanel 2.55, un bolso único, exclusivo y fuertemente codiciado por los amantes de Coco Chanel. Había cumplido un sueño. Recuerdo que lo primero que hice, al sacarlo de su bolsa protectora, fue inmortalizar el momento con una fotografía para Instagram. Y fue entonces cuando algo hizo clic en mi interior. <<¿De verdad este bolso justifica el asesinato de unos animales inocentes?>>, pensé. Entonces, me senté frente al ordenador y tecleé la siguiente pregunta: ¿Cuántos animales son necesarios para la elaboración de artículos de lujo? Según datos de Greenpeace, la industria de la moda mata 60 millones de animales al año para la fabricación de productos. 40 millones de esos animales provienen de granjas dedicadas exclusivamente a esta actividad; los 20 millones restantes, de la libertad. Así, especies como el zorro, la chincilla o la serpiente Pitón viven en constante amenaza, pues de una forma u otra terminarán formando parte de ese mundo superficial y tan criticado por las organizaciones animalistas o medioamnientales.

Mientras escribo esto, el bolso de Chanel descansa frente a mí y no puedo dejar de pensar en que puede que hayamos tergiversado la verdadera esencia de la moda, la de ser una simple expresión artística. ¿Realmente matamos a millones de criaturas para satisfacer un capricho personal? ¿Lo ignoramos, tal vez, para no condenar moralmente a nuestra conciencia? ¿Perpetuamos estas acciones con el objetivo hedonista impuesto por un círculo en el que deseamos movernos? Vale, reconozco que todos estos bolsos, carteras, zapatos o abrigos me fascinan. También entiendo que, con cada una de las compras que realizo, continúo promoviendo ese asesinato injustificado. Pero ahora más que nunca me pregunto si esas etiquetas que cuelgan de estos productos podrían justificar la aniquilación de seres vivos que, para nuestra suerte, no puede expresar su dolor o defenderse para no terminar como objetos en diferentes escaparates. ¡Oh Dior mío! ¿Valen la pena todas estas muertes? <<¡Claro>>, exclamarán (o, mejor dicho, exclamaremos) muchos, mientras seguiremos encontrando consuelo en la idea de que es la propia ley de la vida, aunque este fin se aleje bastante de la misma.

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